El romantasy ha venido para quedarse, y a quien lo niegue, le invito a pasarse por las estanterías de una librería. Más de la mitad del espacio estará lleno de espadas, dragones, ilustraciones oscuras que mezclan lo medieval con lo gótico, tan parecidas las unas a las otras que, a veces, ya no sabes diferenciar una saga de otra.
Aun así, cada vez se publican más y más libros de este tipo, e incluso las autoras de romance de otros subgéneros como el contemporáneo o histórico se están adentrando en las aguas embravecidas de los jinetes de dragón y las hechiceras.
Por todo esto, el post de hoy va dedicado al mundo de las novelas de romantasy, un subgénero que me fascina pero en el que, de un tiempo a esta parte, también comienza a haber falta de originalidad.
¿Qué es el romantasy?
El término surge de la fusión entre dos palabras: romance y fantasy. En resumen, se trata de novelas en las que la trama fantástica convive con una historia romántica que no es un adorno, sino el corazón de la narración.
Se diferencia de la novela fantástica justamente en eso: las historias de Tolkien, Rothfuss o Martin tenían subtramas de amor, pero no eran lo importante. El propósito de los protagonistas era otro, una misión concreta, que es la que sustenta la historia (como el anillo que debe llevar Frodo al Monte del Destino para fundirlo y hacerlo desaparecer, o dominar los Siete Reinos).
También hay diferencias entre el romantasy y la fantasía juvenil. Las historias de romantasy desarrollan un enfoque más sensual y erótico, con contenido sexual mucho más explícito, que nada tiene que ver con la suavidad de la fantasía juvenil. Además, las tramas son más densas, con guerras sangrientas, intrigas palaciegas y conflictos políticos. Los personajes tienen mayor complejidad al ser adultos, y eso se refleja en sus conflictos. Por ello, los lectores del romantasy suelen tener unos cuantos años más que los lectores principales de juvenil.
Así, si buscas sagas que combinen pasión con batallas y dilemas épicos —además de dragones, seres mitológicos y fantásticos, mundos inventados y mucha magia—, el romantasy es el género ideal.
El romance más explícito en el romantasy
Una de las señas de identidad del romantasy es que no teme mostrar el romance en toda su magnitud. Las relaciones entre los protagonistas suelen incluir escenas eróticas explícitas, alejándose del estilo más recatado de la fantasía juvenil. De hecho, hay algunas novelas que sobreexplotan este tema, lo cual puede llegar a aburrir y hacer que leas bastante rato en diagonal.
Pero si se hace bien, ¡ah! Es una delicia. Como muestra, las maravillosas escenas protagonizadas entre Feyre y Rhys en la saga ACOTAR, dosificando la tensión sexual hasta un culmen apoteósico (brutal la escena en la cabaña en «Una corte de niebla y furia»), o la vuelta de tuerca tan sexi que dio Ali Hazelwood a las escenas entre sus dos protagonistas (hombre lobo y vampira) en «Novia».

Este componente conecta con el público adulto, que quiere sentir la atracción física, el deseo y la vulnerabilidad de los personajes. Sin que se convierta en una novela puramente erótica, la clave está en dosificar estos puntos pasionales para que sirvan a la trama, y no al revés.
Un worldbuilding bien creado
El romantasy no solo se apoya en los personajes. Necesita un mundo sólido y coherente, bien pensado y estructurado. Castillos, reinos, clanes mágicos, criaturas sobrenaturales y sistemas políticos forman la base de estas historias, donde es mejor menos que más: a veces hay sagas en las que la profusión de personajes y jerarquías fantásticas hacen que el lector se pierda (como me ocurre con las últimas partes de la saga «De sangre y cenizas», de Jennifer L. Armentrout).
Aun así, el worldbuilding debe ser rico en detalles y reglas claras que se han de respetar durante toda la trama. Solo así el lector puede creer en la magia que habita el relato. Cuando el escenario está bien construido, el romance cobra aún más fuerza, porque los personajes no solo enfrentan sus emociones, sino también decisiones que afectan al destino de un mundo entero.
Y esto suele ser parte intrínseca de los conflictos que habitan este subgénero. La política, las luchas de poder y las conquistas a fuerza de armas, en las que los protagonistas son cruciales, se convierten en la clave en este tipo de historias. Un ejemplo maravilloso es la saga Empíreo, de Rebecca Yarros, donde, sobre todo en el segundo libro, la trama se vuelve mucho más política y, a mi juicio, más interesante.

La evolución de los protagonistas en el romantasy
Otro de los grandes atractivos del romantasy es la transformación de sus protagonistas. La heroína o el héroe no permanecen estáticos: suelen empezar inseguros o con algún contratiempo, pero con el tiempo se convierten en líderes, guerreros o estrategas (ejemplo de Violet Sorrengail en la saga Empíreo o Feyre, en ACOTAR).
Esto no es, evidentemente, algo propio del subgénero: en toda novela el héroe sale de su zona de confort y recorre un camino. Pero, en romantasy, suele darse de forma más épica: está en juego la salvación del reino, del mundo o de su familia. Es lo que le aporta la parte de la fantasía, como en las películas de mi infancia que veíamos una y otra vez (¿quién no reventaba los VHS donde estaba grabada Willow?).
El romance se entrelaza con esa evolución y forma parte de él. El amor en el romantasy rara vez es fácil: puede nacer de la desconfianza, la rivalidad o incluso la traición. Por eso, los enemies to lovers suelen tener mucho éxito en estas narrativas.
Errores comunes en el romantasy
El auge del romantasy ha generado auténticas joyas literarias, pero también algunas obras que caen en errores habituales:
- Alargar demasiado las sagas. Las historias salen bien cuando tienen un desenlace satisfactorio. Pero seguir sacándoles rédito incluyendo conflictos nuevos (lo fácil que es revivir al malo en fantasía o inventarte a alguien que lo supla) desgasta la trama y confunde a los lectores. De nuevo, es mi propia experiencia con la saga «De sangre y cenizas».
- Refritos de éxitos populares. Copiar demasiado sin aportar nada nuevo resta autenticidad. Y está siendo más habitual de lo que sería aconsejable. Por ejemplo, en «Powerless», de Lauren Roberts, encontré escenas casi calcadas de ACOTAR y giros de tramas muy parecidos a otras novelas del subgénero. Por supuesto, no seguí leyendo el resto de entregas.
- Tramas débiles. Centrarlo todo en el romance sin cuidar el conflicto central o el worldbuilding acaba decepcionando. Como en «Hasta que caiga la luna», de Sarah A. Parker, donde la parte de fantasía era errática y sin interés.
- No avisar que es una saga. Muchos lectores se sienten engañados si un libro termina sin una resolución clara, dando pie a una segunda parte que no se esperaba. Y esto puede enturbiar la buena percepción del mismo, como me ocurrió con «La serpiente y las alas de la noche», de Carissa Broadbent.
El éxito del romantasy radica en el equilibrio: mundos coherentes, personajes que evolucionan y romances apasionantes que acompañan la aventura. Pero, sobre todo, que la historia sea original. Se pueden utilizar seres fantásticos habituales, pero darles roles totalmente diferentes en un mundo con reglas que nadie ha escrito aún.
Conclusiones
El romantasy es mucho más que una moda editorial: es un género en auge que ha sabido conquistar a millones de lectores adultos. Su fuerza radica en ofrecer un viaje completo, donde la intensidad del romance y la espectacularidad de la fantasía se dan la mano.
Cuando un autor cuida el worldbuilding, la evolución de los personajes y la pasión de la trama, el romantasy se convierte en una experiencia literaria inolvidable. Y aunque no está libre de riesgos, su crecimiento demuestra que los lectores buscan historias intensas, valientes y con alma.
En definitiva, el romantasy ha llegado para quedarse. Y ahora, más que nunca, es el momento perfecto para dejarse seducir por mundos mágicos y romances que arden con la fuerza de dragones.


