La semana pasada me escribió un señor que había leído la última entrada de relatos cortos de este blog. Fue un mensaje que me emocionó mucho, porque me contó que solía leerle a su esposa cuentos de amor por la noche, y que a ambos les habían gustado mucho los míos.
Eso me hizo acordarme que tengo más relatos escondidos en las carpetas de drive, y pensé que sería bonito compartirlos. He seleccionado dos que, al leerlos, me removieron por dentro. No son exactamente de amor, pero están llenos de emociones. Espero que te gusten tanto como me ha ocurrido a mí al redescubrirlos.
Relato corto «Los últimos golpes»
Aquel día la música que se oía a través de los ventanales era una sonata de Bach. Se notaba que aquella era una clase de alumnos no muy avanzados, porque de vez en cuando se escuchaban algunas estridencias, y en una ocasión el profesor paró la clase para dar calmadas instrucciones. El árbol agitó levemente sus ramas, suspirando. Aquello no se parecía nada a las veladas musicales de las que disfrutaba con Armando y Catalina Pineda, hacía ya tres generaciones.
En aquellos tiempos los invitados llenaban los jardines con sus murmullos alegres, y el magnolio era el árbol preferido para acogerlos en el banco que se asentaba bajo sus hojas. Allí había sido testigo de toda clase de emociones: desde dedos que subrepticiamente se buscaban al amparo de unas opulentas faldas de seda hasta discusiones hirientes protagonizadas por susurros, e incluso había visto cómo dos amigas planeaban su huida juntas para no tener que casarse con hombres que les repugnaban. Siempre había acogido a gente bajo su fragante copa, sobre todo en primavera, cuando la savia empezaba a correr más rápido en él y las flores emergían como alas de ángel en las puntas de sus ramas.
El árbol se estremeció, notaba que estaba viejo y que ya no le quedaba mucho tiempo. En parte lo agradecía: había vivido una larga vida llena de mariposas, pájaros, lluvias frescas y caricias del sol. Lo habían cuidado con mimo, era el orgullo del jardín de los Pineda, y así fue hasta la última generación, esa que llevó a la familia a la ruina y que obligó a vender la casa. Nunca olvidaría las lágrimas de Ana, la hija menor, cuando fue a despedirse de él. La había acompañado desde pequeña, ofreciéndole cobijo para sus horas de dibujo, sombra para sus juegos de muñecas y tranquilidad para sus pensamientos de adolescente. Ahora tenía que dejarle, y el árbol también lloraba gotas de rocío que brotaban espontáneamente de sus hojas.
Desde entonces, aquel jardín se había convertido en un espacio público al ser parte del conservatorio de la ciudad. Ya no se cuidaba tan bien como antes, la gente que lo transitaba era menos cuidadosa y sin ningún tipo de respeto apagaba colillas en su tronco, pero la belleza de sus hojas frondosas y su nube de flores solía atraer a aquellos que buscaban descanso para su alma.
En los últimos meses, un chico adolescente le visitaba con frecuencia. Salía de la clase de música con una mochila a la espalda y un maletín en las manos, y siempre pasaba unos minutos sentado bajo sus ramas. Era un muchacho guapo, delgado, con grandes ojos azules y expresión bondadosa. El árbol percibía en él una sensibilidad extrema, de esas que, a veces, hacen que la vida no sea demasiado fácil.
Fue una tarde de mayo cuando pasó el incidente. El chico vino a sentarse un rato bajo el árbol sin percatarse que unos pasos le seguían. El árbol sintió unas risas roncas, de esas que traman algo malo, y con esfuerzo abrió todos sus poros para escuchar mejor. Eran dos, y cuando llegaron frente al árbol, algo parecido a la furia le invadió. Conocía a los de su calaña, llevaba demasiado tiempo en el mundo para saber que aquellos dos eran unos abusones de los peores: de los que, en el fondo, son unos cobardes.
—Así que aquí es donde se esconde el rarito —dijo el más bajo y fornido, con un sonsonete que imitaba a las canciones infantiles—. ¿Vienes aquí a llorar, niñato de mierda?
El otro se rio por lo bajo y dio un paso amenazante hacia el chico.
—Danos la pasta o te metemos el clarinete por un sitio que no creo que te guste mucho. Y no te hagas el loco, que sabemos que tu mamaíta está montada, no le importará que pierdas tu cartera.
El chico se puso de pie, temblando y aferrando su mochila. El maletín había quedado en el suelo, y el bajito le dio una patada.
—Venga, nenaza, ¡que no tengo toda la tarde!
Y le dio un empujón en el pecho. En ese momento el árbol se tensó como cuando hacía frente a una tormenta. Convocó todas las fuerzas que le quedaban y las lanzó hacia sus ramas. Una de ellas golpeó al más alto en la espalda, como si de un látigo se tratase, y el bajito, al ver lo que le ocurría a su amigo, se desequilibró al tropezarse en una raíz que de pronto había emergido de la tierra. Los ojos del chico se agrandaron, incrédulos, mientras veía cómo el árbol ejecutaba una danza de la muerte con aquellos dos abusones. Solo se escuchaban quejidos, golpes y, finalmente, gritos aterrados.
El polvo del parque se levantó como una nube ante la carrera desesperada de los dos matones. El chico expulsó el aire de sus pulmones con sonoridad y cerró los ojos, aliviado. Una de sus manos acarició el tronco del árbol, a la vez que apoyaba su mejilla sobre él. «Gracias», susurró, y notó cómo empezaban a caer las hojas y flores a su alrededor, como una nieve fragante y delicada. Un suave estremecimiento sacudió al árbol, como un lejano murmullo. Entonces supo que por fin, acunado por ese último gesto de gratitud, podía cerrar los ojos y dejarse llevar por el cántico más antiguo, el del descanso eterno.

Relato corto «Coincidencias»
La gasolinera está situada a la salida del pueblo, en un punto estratégico donde confluyen varias vías que despachan viajeros hacia diferentes puntos del país. Siempre hay mucho trajín, pero su personal funciona como una maquinaria de reloj bien engrasada. Eso agrada a Gustavo, el saber de antemano que todo tiene un proceso y una rutina le hace sentirse seguro. Ya bastante tuvo con la época de su vida donde no tenía ni idea de lo que le depararía el día siguiente. Ahora saboreaba esa previsibilidad como quien paladea un chocolate con chispas de sal.
Esa búsqueda de patrones también se cuela en el resto de su vida, y se aferra a ellos como el náufrago a un flotador. Incluso encuentra patrones en los conductores a quienes atiende, sabiendo por ejemplo que el hombre huraño que reposta una vez a la semana una furgoneta de reparto siempre se compra una chocolatina y se la come antes de abandonar la gasolinera, o que las dos chicas jóvenes de caras cansadas dibujan una sonrisa radiante en sus rostros cuando abandonan el pueblo tras pasar el fin de semana con su familia.
Gustavo mira el reloj de la multitienda y se da cuenta de que hoy es el tercer jueves del mes, ese en el que viene «la mujer triste». La llama así porque es imposible sondear la profundidad de sus ojos oscuros, vacíos y carentes de vida. Nunca dice nada, solo que le ponga cincuenta euros con veinticuatro céntimos de gasoil normal. La primera vez Gustavo creyó escuchar mal, pero los siguientes meses se da cuenta de que siempre pide la misma cantidad. Y que siempre acude a la gasolinera a la misma hora, a las siete y treinta y cinco minutos de la tarde. Fue al tercer mes cuando se dio cuenta de toda aquella conjunción de variables, y ahí también se percató de que, a los diez minutos de que el Citroën plateado abandonase la gasolinera, un coche de policía pasaba siempre con las luces de emergencia puestas por la carretera que había seguido la mujer.
Una noche se lo comentó a Alma. Le extrañaban tantas coincidencias y algo le decía que esa mujer pálida de manos nerviosas escondía una historia terrible. Alma frunció el ceño, como intentando recordar algo que se le escapaba. No fue capaz de dilucidarlo, pero se dijo a sí misma que lograría dar con la información que sabía que tenía registrada en algún lugar de su mente.
Esa tarde Gustavo nota que, de alguna forma, está esperando a la mujer. Algo le dice que debe hablar con ella, que no puede dejar pasar más meses sin poder ofrecerle una palabra amable para intentar despejar esa niebla tan espesa en sus ojos. Cuando se acerca la hora, se siente incluso nervioso, e intenta apostarse cerca del surtidor donde ella suele parar.
A las siete y treinta y cinco, el Citroën plateado entra en la gasolinera y frena abruptamente ante Gustavo. Su corazón comienza a latir más fuerte y se acerca a la ventanilla. Allí está ella, con el pelo rubio lacio pegado a la cabeza, como si le hiciese falta un buen lavado, y esa mirada perdida. Gustavo le sonríe con amabilidad y ella asiente con una especie de saludo. De pronto se da cuenta de que en la parte trasera del coche hay dos sillas de niños. Es la primera vez que las ve, juraría que las otras veces no estaban. Con esa inquietud rondándole la cabeza le llena el depósito hasta la cifra habitual, que esta vez ella ni siquiera le ha dicho. Ha confiado en que Gustavo lo sabe ya, después de tantos meses.
Cuando vuelve a la ventanilla, se da cuenta de que esa tarde ella está diferente. Por primera vez, le da las gracias y sonríe con suavidad. Cuando arranca, Gustavo se da cuenta de todo y su interior se encoge con dolor. Necesita ir a la trasera de la gasolinera para lograr coger aire y pausar su corazón, que parece salírsele del pecho.
Por primera vez en su vida laboral coge el móvil y llama a su mujer para decirle que ya sabe quién es la mujer misteriosa, que es la madre de las dos niñas que murieron en un accidente de tráfico a pocos metros de allí, cuando su madre aparcó en el arcén para que una de ellas, que estaba vomitando, no se atragantase. Un coche las embistió por exceso de velocidad, y solo se salvó la madre.
Cuando a los diez minutos no ve pasar un coche de policía, sino varias patrullas y una ambulancia, entiende que esa tarde la madre por fin lo ha conseguido. Vuelve a llevar a sus hijas en las sillitas, sonrientes y felices.


